jueves, 8 de octubre de 2009

No desearás al hombre de tu prójima...

... Menos si tu prójima está tan cerca.

Voy a contar la historia de una amiga. En un momento pensé hacerla un cuento, sin embargo no estoy segura de que la anécdota tenga tanto peso. Así, mejor la dejo en una entrada de blog. Ya la vida decidirá si da para más.

El título de la presente alude a la maravillosísima obra literaria llamada Biblia, en particular al libro que habla de cuando Moisés recibió los diez mandamientos de Dios.

La cosa es ésta: no importa si uno es cristiano, judío, taoísta o ateo, todos buscamos establecernos, tener una pareja, que esa pareja nos quiera y nos respete, y que no desee a nadie más que a nosotros, aunque otros lo(la) deseen. Mejor si otros lo(la) desean.

Mi amiga fue de ésas que, contra el mandamiento, deseó al hombre de una prójima. Una. Artículo indeterminado que denota superioridad e indiferencia de quien lo pronuncia.

No supo quién era ella, y tampoco le interesaba saber. Lo que le importaba era que el hombre le gustaba y parecía haber correspondencia. Pronto, su emoción era tanta que se olvidó de la indeterminada "una" y, por supuesto, del mandamiento que no sólo es un mandamiento sino una regla básica de convivencia.

Recibía toda clase de consejos que versaban: "Aviéntate, total, no hay anillo" "Si estuviera tan contento no tendría porqué fijarse en otras mujeres", etcétera, etcétera. Consejos tanto de hombres como de mujeres.

Sí, ella podía conquistarlo. ¿Qué más daba lo demás? Total, ni conocía a la una, y el hombre no parecía estar tan interesado en su novia. Ni hablaba de ella.

Hasta que la "una" dejó el artículo indeterminado para convertirse en "la". Artículo determinado que denota el conocimiento del hablante con respecto al sujeto que dicho artículo modifica. "La".

"La" llegó a ella como en Sensatez y sentimientos llega la prometida de Edward a hablar con Eleonor Dashwood. Llegó a confesarle sus relaciones con el hombre que mi amiga había estado dispuesta a amarrar. "Yo ando con él", declaró "Una", y de inmediato dejó de serlo y mi amiga supo su nombre, "La".

Mi amiga apenas estaba en el proceso de enamoramiento, sin embargo pensó en las ironías. "La" siempre estuvo ahí, tiene nombre, y es su amiga y su compañera de trabajo. Se sienta junto a ella. Comparten el teléfono, y nunca, hasta que "La" se lo platicó en confesión, sospechó siquiera que ella pudiera ser la mujer indeterminada con quien competía.

Tampoco la reconoció cuando vio una fotografía en el messenger del hombre. Incluso se dijo que "Una" era fea. Tanto como Frida Kahlo.

Según "La", la razón por la que no le platicó antes fue que el objeto del deseo no quería que mi amiga se enterase, por aquello de los chismes en la oficina. ¡Vaya valentón! ¡Vaya pendeja!

Desconocemos la intención verdadera de "La", aunque mi amiga no se atreve a juzgarla y está segura de que se lo dijo por las razones correctas.

¿La conclusión? Una nunca sabe a quién le pega con sus acciones.

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