jueves, 5 de noviembre de 2009

De Ícaro a Dédalo

Definitivamente éste ha sido el año de los cambios. Lo he escrito varias veces aquí, y una vez más lo afirmo. No sé si yo he cambiado, pero definitivamente las circunstancias a mi alrededor se transformaron. Por ejemplo, cambié dos veces de trabajo, aprendí a andar en bicicleta, pasé de pretendiente a autora publicada. Tomé decisiones importantes con respecto a mi salud tanto física como emocional.

Y es justo de un ámbito de la parte emocional de la que me interesa escribir hoy.

Hace algún tiempo -años- empecé a vivir una época de estancamiento emocional. Sentía mucho hacia una persona en particular. Y nada más. Todas mis pasiones se volcaron hacia esa persona, y cuando se dio la ruptura mi alma quedó devastada. Cambié. Costruí una atalaya gigantesca, un muro de Berlín en torno a mis sentimientos. Me convertí en una discriminadora práctica: sólo sentimientos que se apellidaran estéticos, que me sirvieran para escribir.

Parece contrastante que la niña que llora diario diga que no sentía. Pero creo que antes sentía deseos de sollozar todos los días porque en algún momento, una parte de mí, la escondida, la que no tenía miedo de parecer vulnerable, se manifestaba a través de las lágrimas. "No me sueltes", me decía, pero yo estaba tan perdida en aquel nuevo mundo de la racionalidad que los miembros se me durmieron y no sabía que estábamos en un precipicio en el que yo tenía que agarrar la mano de mi otro yo.

Este año desperté. No sé cómo. Pero desperté. Entonces entré en pánico. El primer sentimiento que experimenté, después de estar dormida por casi cuatro años -o, tal vez, por veintitrés- fue miedo. Terror. Vi a mi otro yo cayendo. Escuché sus gritos, sentí el fantasma de su mano sobre la mía, el sudor de mis palmas, pero ya era tarde. La había perdido porque la olvidé.

Me miré en el espejo y había sufrido los cambios de quien crece en coma. ¿Dónde estaba? Mis ojos estaban vacíos...

... O al menos eso pensé por algunos días. Me tiré en la tragedia. Era como si todas las emociones reprimidas escaparan simultáneamente y se instalaran en mi alma. Así se sentía. Pero luego vi en mis ojos desesperación. Frustración. Tristeza. Entonces, con la esperanza de la desesperación, regresé al precipicio para probar las alas que dejé de usar.

Estaban desgastadas, es cierto. Y yo tenía que reaprender a volar.

Y vivo en ese proceso. Ahí va. Ahí voy. Hay días mejores y días peores, pero ahí voy.

Me gusta esta nueva vida. Estas alas. Y hay una parte en específico que estoy volviendo a vivir.

En este segundo semestre de 2009 he redescubierto las maripositas en el estómago. He redescubierto al género masculino y ya no le tengo miedo. Hasta cierto punto, podría incluso decir que estoy enamorada. Como Fausto de Margarita. Yo soy una especie de Fausta, que idealiza y se enamora. Me he enamorado dos veces en este segundo trimestre, de hombres completamente distintos y en situaciones disímiles, variables, sensacionales. Con uno se terminó muy rápido. Con el otro fue un suceso efímero.

Pero esto. Estas historias, una en particular, la guardo en mi memoria y me siento afortunada de que haya sucedido. Y una vez más, soy como una adolescente de secundaria que empieza a descubrir el maravilloso mundo del enamoramiento y del género opuesto. Que está probando, a ver qué le gusta y qué no. He tenido una idea de lo que me gusta tan arraigada, y una imagen de la que no podía despojarme, que el costo de sacármela de la mente fue que me borrara la memoria y la madurez para querer.

Así que así estoy. Como abeja repartiendo polen. No sé en qué momento terminará esta etapa inusual. Hasta hace poco parecía que estaba terminando, pero me doy cuenta de que lo que busco ahora es idealizar imposibles. Hombres que, por una u otra razón, no pueden ser para mí.

El señor Charbelí -hombre al que he apodado así-, por ejemplo, es casado y tiene hijas. Físicamente me fascina. Tiene algo que me atrae, pero no va a suceder algo, ni es mi intención.

Es eso... aún no es mi intención. Quizá por eso puedo vivir ilusionada/emocionada con el recuerdo de unos buenos momentos, o ser completamente indiferente con aquel que me gustaba. Porque no quiero que pase a más.

Pero si estás ahí, y me lees, y estás interesado, quiero decirte que la puerta está abierta, sólo que rechina mucho cuando abre, y a lo mejor tendrás que soportar el ruido antes de ver el esplendor.

Mis alas están curándose. Y mientras yo reaprendo a usarlas.

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