miércoles, 4 de noviembre de 2009

Redlaciones

Estoy leyendo una novela de René Avilés Fabiles -quien me dio clase en el módulo de novela- llamada "El amor intangible". La compré el lunes en la librería Rosario Castellanos, francamente porque sólo había dos obras de su autoría en existencia y ésta era la más barata.

Ahí mismo, mientras esperaba, me dispuse a leer. Fue una sorpresa encontrarme con que el libro trata sobre un hombre que narra sus relaciones virtuales con dos mujeres distintas. Con una se encuentra en Guadalajara y tienen relaciones sexuales, a la otra nunca logra conocerla a pesar de que viven en la misma ciudad y la ama. No se preocupen, queridos lectores, que no estoy arruinándoles ni un poco del libro, lo que les revelo es lo primero que leen, e incluso yo no he terminado de leerlo.

Me pareció un buen momento para que este libro llegara a mis manos, independientemente de cómo termine o si mi maestrojuzga positiva o negativamente las relaciones gestadas en la internet. Culminó con una época en la que han llegado a mis oídos varios acontecimientos: una de mis compañeras de trabajo me pidió recomendación de un bar donde pueda llevar a un hombre de cuarenta y cuatro años con el que se envía correos, pero jamás se han visto. Otra me contó su experiencia con las relaciones virtuales, y me dijo que estuvo a punto de irse a Argentina. Una más me platicó que tiene un enamorado en Francia, y que él está ahorrando para venir a verla. Uno más comió con una chava que conoció por twitter y al parecer se cayeron bien.

Si bien no todas las relaciones que abordé anteriormente son amorosas, sí me hicieron cuestionarme si uno realmente puede conocer a alguien en la red. Hasta ahora, mis cavilaciones tienden hacia la afirmación.

Yo creo que sí se puede. Creo que la red es romanticismo puro. Puro. Encontramos en el otro un ideal, y si no es un ideal, al menos es alguien que nos causa ilusión porque nos falta una dimensión por conocer. No importa si hemos visto fotografías, no hemos tocado, olido el aire cuando se impregna del otro, no hemos escuchado su voz. Es totalmente romántico, así se enamora Fausto de Margarita, así inspiraba Beatriz a Dante, sólo que a ellos les sucede al revés: se prendan de la delicadeza de las mujeres en cuestión sin conocer sus inquietudes, sus personalidades, su interior. En cambio, yo creo que uno se abre más con la gente que "desconoce". Es más fácil platicarle los temores a un "faceless" que al espejo, o que a los seres queridos. Uno se abre por completo a los extraños, más si éstos han externado disposición a la apertura. ¿De qué manera las declaraciones amorosas podían ser más apasionadas que cuando se escribían dos amantes que no se veían, sino se imaginaban e imaginaban la reacción del otro, sin conocer en realidad la tangible, la real? Lo que más apasiona es lo que está en nuestra cabeza. Es lo misterioso, lo improbable, pero posible. Lo ausente. Y es justo esta pasión y el deseo de alcanzar lo inasequible, lo que provoca en nosotros las ganas de abrirnos más. Y terminamos conociendo y, buenísimo también, dejando que nos conozcan.

Aparentemente, son relaciones donde la gente no arriesga. Total, si la foto no te gusta, la mandas a la chingada y la ignoras o cambias de mail. O si te hace pancho, la bloqueas y punto. Pero en realidad uno puede terminar verdaderamente metido hasta la coronilla. Precisamente porque estas relaciones son "intangibles", porque en muchos casos uno desconoce dónde vive el otro, o cómo se ve, se necesita mucho compromiso. Es tan fácil desaparecer que uno tiene que procurar y hacerse presente... Así que, si uno mezcla compromiso, interés, vulnerabilidad y apertura, y disposición para probar cosas nuevas, puede que uno encuentre más de un amigo en la red y, para los más osados, los más tímidos y los más afortunados, quizá encuentren al amor de su vida en Facebook, o twitter, a través de los blogs o a lo mejor solamente porque llegó el correo equivocado.

A mí me gusta ver esta capacidad de adaptación de la comunicación y la sociabilidad. En esta sociedad donde el individualismo impera, seguimos necesitando al otro, entregándonos al otro, y esta transformación que mucha gente juzga como errónea es únicamente la respuesta natural al rumbo de la humanidad. Darwin lo llamaría adaptabilidad, yo sólo creo que no hay nada nuevo, que nos repetimos y somos como Napoleón y Josefina, como Beethoven y su amada, como Joyce y Nora. Sólo que ahora el papel es pantalla y las cartas se llaman emails.

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