miércoles, 9 de diciembre de 2009

1959-2009

Mi tío murió hace once días. Era la madrugada del 28 de noviembre. Yo estaba dormida. Concilié el sueño a las dos de la mañana de ese día. Del 28 de noviembre.

Me desperté a las nueve de la mañana porque escuché los sollozos de mi mamá en la habitación contigua. Ya lo sabía: el jueves había estado en casa de mi tío. No entré a verlo. Sabía que hacerlo sería un momento de quiebre absoluto. Que no me aguantaría y empeoraría el sentir, ya de por sí apesadumbrado, de la casa y de los que nos encontrábamos ahí.

Quisera ver su muerte como su única posibilidad de descanso. Racionalmente así lo veo, pero en el sentimiento me cuesta. Racionalmente entiendo que esto fue lo mejor. Desde todas las perspectivas posibles. Me queda claro que la muerte es muerte, y es un proceso natural e inevitable de la vida. No hay calificativos para la muerte. Sólo es.

Y sin embargo mis emociones ven víctimas. La primera víctima, Fernando. El hombre que se fue después de haber sufrido lo que sólo él supo. No se fue exento de dolor ni de pensamientos tormentosos. Me pregunto cuántas veces le pasó por la cabeza la idea de que no va a ver a su hija casarse. A su hijo terminar la universidad. Cuántas veces le acechó la frustración de conocer que con su muerte dejaría a su familia en apuros económicos. A su esposa sin su compañero de vida. Me pregunto si alguna vez se cuestionó que su vida se quedaba trunca. Como cuando cierran las calles a la mitad y uno deja de tomarlas no porque se acaben, sino porque un agente externo la obstruyó.

Ésa es la impresión que su muerte me deja. No de fin lógico y natural sino de algo que se quedó a medias.

Mi tío había cumplido 50 años en agosto. Fuimos a su fiesta sorpresa. Me acuerdo de su respiración agitada, pero había vida, había esperanza en su cuerpo débil, había ganas. Después de que le dijeron que el cáncer había penetrado el hueso toda la fortaleza que lo caracterizó se vino abajo.
Una amiga mía me pasó un texto que escribió para un concurso. Estaba basado en el testimonio de vida de una señora que milagrosamente se había recuperado del cáncer, aún cuando, enferma, se había embarazado. Lo único que podía pensar el jueves y viernes era en esa historia. Supongo que hasta el más ateo y el más pesimista quiere que haya magia.

Pero en este caso no hubo. Mi tío no podrá dar testimonios de que sobrevivió al cáncer y de que ahora vive la vida distinto. ¿Por qué algunos sí cuentan con esa fortuna y otros no? Vale para pura madre mi pregunta porque no hay respuesta.

Las imágenes que vi el sábado y el domingo se han quedado grabadas en mi alma. Yo, que soy tan llorona, y me cuesta trabajo llorarlo. He tenido que entrar muchas veces al blog de mi mamá y leer su testimonio para poder desahogarme. Hasta ahora que está muerto yo me doy cuenta de cuánto lo quería. No tenía que verlo diario. Así es el cariño.

Ayer soñé que hablábamos por teléfono. No me acuerdo qué. Sólo me acuerdo que sentía mucha alegría porque su voz estaba sana. Todo mi sueño versó en eso. En él y yo hablando.

Al final, me siento descorazonada. Y doblemente descorazonada cuando pienso en lo que los demás más allegados deben sentir.

Su alma ya descansa del sufrimiento corporal. Entonces, que descansen en paz los vivos, que nos quedamos con la inquietud y el dolor que la muerte trae consigo.

1 comentarios: