lunes, 14 de diciembre de 2009

La solitudine

Ya lo había escrito. Sin embargo, lo reitero: últimamente AMO estar sola. Lo platicaba, a veces me siento hasta culpable de las ganas que tengo de estar sola.

Me estoy volviendo absolutamente celosa de mi tiempo. No sé si sea bueno o malo, pero esto de ser ermitaña se me antoja tentador y único. No es falta de adaptabilidad. Es estar solo por elección propia.

Últimamente encuentro tanto tiempo para hacer lo que me gusta que la tentación me envuelve. Puedo leer un día entero (hace tanto que no pasaba), escribir, pensar, quedarme acostada boca arriba en mi cama con los audífonos puestos y cantar a todo pulmón. Estar en silencio.

Me fascina hablar solamente conmigo y no invitar a nadie a mi diálogo interno. Estar en silencio. Tener mis secretos. Me gusta.Me gusta mirar hacia dentro porque disfruto lo que hay que observar adentro.

Soy mi mejor amiga, mi amante, casi podría decir que autosuficiente. Me gustaría que mi cuerpo fuera una ciudad donde encontrara comida, bebida, refugio, para vivir conviviendo siempre conmigo misma.

Pero no se puede. Aquí estoy, y los demás tampoco me pesan. Algunos, con quienes intearctúo en mi círculo de lectura, son bienvenidos a mi soledad, si no les causa pesar, claro. La maravilla de la soledad es que no hace falta correr a nadie. Todos son bienvenidos. Me da gusto verlos a todos. Estar con todos. Pero, al final del día, me gusta estar sola.

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