lunes, 25 de enero de 2010

Ojos

Nunca pensé que volvería a encontrar esos ojos. Simplemente no sucedería. Así, con el color hibrido entre miel y verde, chiquitos y enmarcados por aquellas pestañas casi imperceptibles a menos que uno se acerque mucho y las vea.

Tampoco creí que los encontraría con la misma expresión con las que los vi la primera vez, hace más de ocho años. Pensé que la sonrisa que empezaba en esos ojos se quedaría en mis recuerdos, que jamás volvería a manifestarse en realidad. Incluso quien una vez fue dueño de esos ojos y esas expresiones ha padecido los cambios que la represión y la tristeza traen consigo, y ya no queda en su rostro sino la breve nostalgia del pasado dichoso.

Y los volví a ver. Volvieron a verme. Nos encontramos. Sólo que esta vez esos ojos no están en el mismo semblante, ni le pertenecen a la misma persona. Me alteré. De pronto sentí que regresaba a esa edad en la que aquella mirada me sometía y me guardaba. No podía dejar de prestarle atención pero me sentía tan incómoda como estaba maravillada. Yo tenía otra vez 15 años y apenas podía abrir la boca. Volví a ser tímida, aquella niña de cabello corto y mirada inocente.

Sólo cuando vi sus ojos me pregunté cuánto habrán cambiado los míos. Quizá, como los del exdueño de esa mirada, se han endurecido.

Si hubiera podido, habría tocado el marco de sus óculos para cerciorarme que no eran una invención mía. Al mismo tiempo que quería seguirlos viendo, tenía el nudo en la garganta, el llanto contenido y quería salir huyendo, no obstante un extraño magnetismo me atraía hacia él, hacia el nuevo dueño de los ojos que me atormentaron tanto.

Ahora que ya pasaron algunas horas desde aquel encuentro fortuito en el que estuve tan cómoda e incómoda a la vez, me siento corrupta. Como si alguien hubiera penetrado en mi intimidad sin que yo lo permitiera. Peor aún, sin darse cuenta siquiera de lo que hizo. Ni yo sé a ciencia cierta qué hizo.

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