jueves, 29 de abril de 2010

Lunes 26 de abril de 2010

Siempre me he caracterizado por ser temeraria, por no medir las consecuencias o, para empezar, ni siquiera planteármelas. Y la verdad es que he tenido suerte retando al país, a la ciudad en la que vivo y a la inseguridad que la caracteriza.

Sin embargo, la suerte terminó el lunes pasado. No me ocurrió a mí directamente, pero le sucedió la persona más cercana en mi vida: mi mamá.

El lunes pasado mi mamá abordó un taxi y, para no hacer el cuento largo, fue víctima de un secuestro exprés. El chofer hizo como que el auto se descomponía y de pronto se subió otro tipo. Sacaron dinero de sus tarjetas y luego la liberaron, no sin antes infundirle terror psicológico y llevarla a dar vueltas en lo que alguien sacaba el dinero de sus tarjetas.

No ha querido contarnos a detalle qué fue lo que pasó ahí. Pero yo la veo tristísima y se me rompe el corazón. Se me rompió por ella, por lo que vivió, por lo que le espera antes de la recuperación.

¿Se puede uno recuperar de una experiencia así? ¿Con qué seguridad? Me siento cada vez más decepcionada del país en donde vivo, de la injusticia, de que hayamos llegado al nivel de decir "pues lo bueno es que sólo se robaron tu dinero y te dejaron ir"... ¡No! No deberíamos agradecer ninguna de las dos cosas, ni que le hayan sacado su dinero ni que la hayan dejado ir, porque de entrada eso no debería suceder. Y es tan común que la gente vive con miedo y pensando "qué bueno que no me cortaron un dedo, qué bueno que no me mataron"...

La angustia que sentí desde el momento en que mi hermano me dijo que creía que habían secuestrado a mi mamá hasta que escuché su voz por el auricular no se compara con ninguna otra cosa que haya sentido en la vida. Con ninguna. De pronto me pegó el pensamiento de que unas horas antes habíamos platicado y de que podría haber sido el último momento de mi vida en que tuviera contacto con ella.

De verdad que no se lo deseo a nadie... ni siquiera me puedo imaginar lo que mi mamá debió sentir en esos momentos.

Lo que esos tipos nos quitaron fue mucho más que dinero. Fue libertad, seguridad, tranquilidad. A mí, además, me quitaron la poca esperanza que me quedaba en este país. No puedo dejar de pensar que es una mierda, una mierda que nos tiene a todos secuestrados y hundidos en los desechos.

Estoy en shock. No sé cuándo dejaré de estarlo.

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