domingo, 11 de abril de 2010

Volver a la infancia III

Gracias a mi tía Nena y a mi mamá es que me volví adicta a la lectura. Entre el libro de cuentos de hadas que me leía mi mamá, y lo libros que leía con mi tía Nena, ahí están mis orígenes "profesionales".

De mi tía Nena tengo muy gratos recuerdos. Uno de ellos, por ejemplo, es que en las tardes nos acostábamos a dormir la siesta y me leía mientras me quedaba dormida en su cama matrimonial que en aquella época me parecía inmensa. Cuando crecí y aprendí a leer, era yo quien reproducía en voz alta las palabras escritas, y ella quien se quedaba dormida antes. Muchas veces no me dormía. Algunas me escurría por la cama para bajarme sin despertarla y salir a jugar. Sin embargo, otras veces me quedaba observándola dormir. Me daba la impresión de que le velaba el sueño. Pero en realidad la examinaba con curiosidad. Me gustaba ver su tez blanca y sus ojitos cerrados. Su nariz chata y su boquita. Tenía la cara como esas muñequitas de cuerpo rígido y cabecita suave, suave. Así, chatita. Mi tía Nena me parecía verdaderamente linda. Así, con el cabello blanco -a lo mejor era gris, pero en mis recuerdos es blanco- y no me cansaba de verla y de escucharla respirar más profundo mientras dormía. No sé si lo hice en algún momento, pero si no me aprendí sus facciones de tal manera que casi siento que las recorro con mis yemas.

Me dolió mucho cuando supe que había muerto. Mucho. Me acuerdo de las cosas que guarda un niño: como lo rico que cocinaba, sus manos grandes y pesadas, sus pantalones. Y luego, me acuerdo de una foto que me enseñaron de cuando era joven. Se veía tan bonita. Tan tranquila.

Mi tía Nena me hacía sentir mucha paz. Aún ahora la extraño, y sé que sin ella mi infancia no hubiera sido igual, aunque sólo haya sido testigo de los seis primeros años de ella.

Gracias, donde quiera que estés.

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