lunes, 25 de octubre de 2010

La boda

Hoy vi las fotos de la boda de una de mis amigas de la preparatoria. No es que fuéramos íntimas, aunque ciertamente pertenecíamos al mismo grupo de amigos. Bien, pues se casó el fin de semana pasado y ayer subieron algunas fotos a Facebook. Pues sí, no pude evitar pensar que yo hacía falta en esas fotos. De pronto me puse a pensar en qué vestido usaría, en mi cabello, el maquillaje, en fin, y eso me llevó a pensar en que ellos no vivieron los cambios que he tenido en los últimos años. No sé si yo estoy hecha para relaciones duraderas. De ningún tipo, es decir. Pero bueno, al margen.

La cuestión es que hoy, por primera vez, con la melancolía llegó el rencor: me dio mucho coraje verlo en las fotos. Verlo sin mí. Me dio coraje ver cómo lo escogieron como si yo hubiera sido la villana. ¿Y si lo fui? Pero no, en la realidad no hay villanos enteros ni héroes sin defectos. Tampoco puedo echarle la culpa a él, no importa cuánto habló, su lengua no fue amenaza de muerte. Ellos decidieron dejar de hablarme, dejar de quererme. No buscarme para conocer la otra versión.

Entonces, fue mucho más duro enfrentarme a la verdad: no estuve ahí simple y sencillamente porque no tenía que estar. No vieron las etapas de crecimiento de mi cabello porque no quisieron verlas. Así como no saben que ahora la parte más larga en verdad es larga. No saben cómo vivo la vida, así como yo no sé tampoco cómo les va, si sus gustos musicales han cambiado, no sé nada.

Así que, por más doloroso que haya sido y sin importar cuánta melancolía me embargue, yo no hubiera tenido nada que hacer ahí, así como ellos eligieron no tener nada que ver con mi vida.

Aún así, a ella le deseo la mayor felicidad. A él, a él siempre se la he deseado, aunque en momentos como éste flaquee y dude.

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