lunes, 21 de marzo de 2011

Being fat


Tal vez hubo una época de mi vida en que no tuve sobrepeso pero no la recuerdo. Ayer estaba viendo MTV y anunciaron un programa nuevo titulado I used to be fat. Al parecer, la trama es que, durante el verano someten a chavitos preparatorianos con problemas serios de sobrepeso a un programa intensivo para bajarlos y puedan ser adolescentes "normales" o, al menos, aceptados.

Por supuesto, el 90 por ciento de los programas de MTV son superfluos y morbosos, y me quedaría gratamente sorprendida de que, además de dieta y ejercicio, recibieran tratamiento psicológico extenso. Lo sé por experiencia: las capas de grasa que cubren el cuerpo de una persona obesa son la manifestación de las murallas que, con la mente y el mal manejo de emociones, ha intentado levantar para que no lo lastimen.

Bien, hablaré en primera persona porque este es el propósito la presente entrada.

Como mencioné al principio, no recuerdo algún momento de mi vida en el que no haya tenido sobrepeso. Sin embargo, a pesar del sobrepeso me considero una mujer muy guapa, muy atractiva, muy inteligente y llena de cualidades. Incluso creo que soy más atractiva que la mayoría de las mujeres. A ese grado.

No obstante la seguridad con la que me expreso ahora, no siempre he sido así. Hubo unos años en los que dejé de sentirme hermosa y permití que la gente me hiriera. Ahora me doy cuenta de que lo permitía porque, en el fondo, yo también me hería.

Hace un poco menos de dos semanas me llevaron a un curso de integración y trabajo en equipo por parte de la oficina. Me encantó . Nos pusieron dinámicas padrísimas al aire libre y me sentí orgullosa porque tengo mejor condición física que la mayoría de los asistentes a ese curso. Sin embargo, hubo un momento que casi arruina el gran día que pasé: la última dinámica consistía en hacer un círcul, uno de espaldas al otro, y el chiste era comprimirnos muchísimo para poder sentarnos en las piernas del de atrás. Todavía no acabábamos de dar las instrucciones cuando Pilar, una de mis compañeras no solamente de trabajo sino también de área, empezó a cambiarse de lugar. Me cuesta trabajo describir la escena, pero se reía nerviosa y decía: "ay no qué cosa, a ver cámbiame el lugar, alguien que me cambie el lugar", insinuando que no me aguantaría porque soy un peso pesado. Se puso atrás de José Antonio, un señor que entró a trabajar a mi oficina el día anterior y, cuando nadie le hacía caso, yo fui la única que estuvo atenta a sus necesidades y que fue simpática con él. Al parecer no fue suficiente. Cuando se trata de aguantar que se sienten en ti, aunque sea por dos segundos, hay que buscar la supervivencia, como si yo pesara 300 kilos y fuera a asfixiarlo con el volumen de mi cuerpo.

Sin embargo y contrario a mi carácter, me quedé callada. Me sentí tan ofendida que no hallé ningún comentario, que no encontré la voz para protestar. Simplemente me quedé ahí, dándoles la espalda mientras llamaban a otro "gordito" que me aguantara. Cuando acabó la dinámica me fui al baño a llorar. No fue por Pilar, ni por José Antonio (aunque ciertamente creo que ella no es una varita de nardo ni él boxea en la categoría mini mosca del box), sino porque de pronto llegó a mi mente un recuerdo terrible que involucra a una persona que sí me importó mucho, y que en cierta manera aún me importa.

Cuando estaba en la preparatoria mis "amigos" y yo estábamos en casa de uno de ellos para ensayar una coreografía para un concurso de Playback. Esperábamos a la integrante restante del equipo y decidieron jugar una especie de Dígalo con mímica. No me acuerdo a quién le tocaba hacer mímica, pero me señaló y Rafael (el tipo que por mucho tiempo creí que era el amor de mi vida) dijo al verme: "Gorda, fea..." y la palabra a adivinar era mujer. Tal como unos años después sucedió, ese día tampoco pude defenderme y me fui al baño a llorar, a pesar de lo humillante que es que una persona señale a otra y solamente puedan salir adjetivos negativos de su boca. No pude exigir respeto. Un día porque evoqué un mal recuerdo y antaño porque no sentí que me lo merecía.

Pero sí me lo merezco. No por los discursos clichés de los derechos naturales y humanos y bla bla bla, sino porque yo soy yo y soy maravillosa y no merezco que nadie, absolutamente nadie, me falte al respeto. Ni yo misma.

Esta entrada fue un encargo y, como parte del encargo y para limpiar mi conciencia de parte de la mierda que guarda, he de escribir los nombres de la gente que alguna vez ha hecho comentarios peyorativos sobre mi complexión física. Así que aquí va una lista de evidencia para perdonarlos: Dulce María Minerva,David, Edith, Bruno, Lourdes, Ildefonso, Gabriel, Javier, Roberto, Carlos Vásquez, Adriana García, Carlos, Pilar, José Antonio, Bárbara, Yasser, Víctor, Lino y varios más que cuyos nombres no recuerdo.

Sin embargo, quiero recibir las disculpas de mí misma. Quiero ofrecer disculpas a mi cuerpo, a mi espíritu, por permitir que me trataran así. Por no darme el valor que tengo. Por no sentirme bella. Fantástica. Exquisita. Así que, Danila Charbelí Ramos Chávez, te perdono, pero no lo vuelvas a hacer.

P.D. He tardado días en realizar esta entrada.

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