domingo, 13 de enero de 2013

Tarde de despedida

Uno nunca sabe que va a extrañar un lugar sino hasta que mira hacia atrás, antes de cerrar la puerta, y el lugar está vacío. Entonces, con el alma rebosante de memorias, uno vuelve a encontrar el comedor alrededor del cual patinaba y, en el pasillo, vuelve a situar los libreros que usaba para jugar con los playmobil. En aquellos brevísimos instantes en los que uno jala la puerta para cerrarla, recuerda la casa llena, los días de Reyes, los berrinches de adolescencia, a las mujeres que estaban y que se han muerto. A la que estuvo y se ha ido.

Y la puerta cierra. Y además de cargar con las bolsas y las maletas, en la mente uno se lleva los anteojos de la Nena, las siestas después de leer cuentos, los terrores nocturnos, las canciones interpretadas por la madre y los hijos, el primer corpiño... Todo está en esas paredes que pronto serán de otros. Esos muros sin conciencia que resguardarán otras historias aunque, hasta hace apenas unos días, protegieron las de uno. Con la nueva pintura se borrará la evidencia de que antaño hubo alguien ahí...

Entre llanto y melancolía se termina la etapa vieja. Una echa el cerrojo a la puerta, como si las pertenencias siguieran ahí, como si en un rato más regresara a tocar esas paredes, como si ese techo aún fuera el que una vez un par de niños observaron mientras pensaban en el mundo.

Hay que empezar un nuevo día, incluso si el reloj marca las 2:40 de la tarde.

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